Me quito los zapatos y mis pies desnudos se apoyan en una arena fría y húmeda, puedo sentirlo: verano. Comienzo así otro de mis paseos nocturnos por la playa con la única compañía de mis cascos y de alguna gaviota desorientada. Hoy me siento bien, libre, poética, ligera como una pluma... Me detengo en mi sitio de siempre y hundo los pies en la arena para sentir el calor de la misma bajo las capas más frías. Los granos de arena de noche son como un corazón roto; la mayoría los ve ásperos y fríos y piensan que siempre es así, pero se equivocan. Hay muchas personas que tras muchos paseos por la playa, descubren que debajo de esa superficie agrietada hay un manto de arena firme y cálida.
De repente, como traída por las olas, empieza a sonar en mi oídos una canción preciosa y me acuerdo de ti y de tus reflexiones de la noche anterior. "Todo el mundo vale para la música" me decías, pero no. No todo el mundo vale para la música igual que no todo el mundo vale para hacer una buena tortilla de patatas, ni si quiera todo el mundo vale para el amor. Por lo que sé de ti, tú vales para la música y, permíteme que te lo diga, también vales para dar paseos sobre la arena fría nocturna y encontrar el calor que esta guarda. Ni si quiera sé por qué estoy pensando en ti. Una noche cualquiera de verano dos desconocidos se conocen y puede no pasar nada, o puede pasar todo. Que tonta es la mente a veces, que puede pasarse horas esperando un mensaje o una señal que ni si quiera va dirigido a ella, sino que tiene como destino el corazón o más bien su capa escondida de calor.
A veces hace falta un solo paseo para descubrir todos los rincones bonitos del mundo, y otras veces emprendemos viajes de mil kilómetros para simplemente volver al mismo sitio del que partimos sin nada nuevo encontrado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario