Un oso curioso al que le gusta buscar su propia miel, o eso es lo que la gente se cree, porque mi oso no busca solo la miel, busca siempre más allá. Aunque el resto de animales de la selva piensen que él está buscando un dulce tentepié, en realidad su meta son las abejas que viven en la colmena y su milenaria sabiduría (aunque un bocado dulce nunca está mal).
Mi oso es un animal curioso de pelaje rojo y no digo curioso por el pigmento de su cabellera, sino porque no puede escuchar ningún graznido nuevo sin correr a averiguar de donde viene y qué significa.
Todavía no me explico cómo anda sin ir pegando saltitos, pues tiene un corazón tan grande que tengo miedo de que algún día se le salga del pecho en un latido.
Yo también soy un poco rara y por eso prefiero dormir la siesta abrazando a un oso gigante que a una almohada, y me encanta hibernar con él incluso en verano (él hiberna en todas las épocas del año).
A la ternura que puede inspirar cualquier mamífero tienes que sumarle que este oso sabe sonreír y conquistar el mundo con una sonrisa, pero eso es algo que únicamente le convierte en el grandullón más adorable que he conocido.
En la manada de mi oso no hay jeraquías y juegan pegándose zarpazos y riendo mientras desde lejos parece que se van a matar, aunque no es más que un juego.
Todavía no lo sabe, pero en cualquier momento al despertar de una siesta va a salir de su cueva y va a revolucionar la selva con sus gruñidos.
Es un hombre. Es un niño. ¿Es un oso?
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