Miro al cielo, ¿qué será esa sombra negra? Se ve lejos, volando, ¿será un pájaro? Eso parece. Poco a poco se va acercando a mí. ¿Qué hago? No me muevo, estoy aquí para contemplar el cielo, eso incluye sus habitantes. La sombra se va convirtiendo poco a poco en un par de alas, con cuerpo negro, pico negro y patas con garras, surcando el cielo con gracia. Es un cuervo, pero creo que no es un cuervo normal, no parece normal. Vuela por encima de mi cabeza, parece feliz de poder surcar el cielo a su antojo. Cada vez baja más, dando vueltas, planeando con el viento, despacio... pero cuando parece que va a posarse sobre el suelo, vuelve a alzar el vuelo rápido en dirección a alguna de las pocas nubes que se ven, y cuando ya vuelve a ser una simple sombra negra, vuelve a planear con el viento.
No se cuantas veces ha hecho ese movimiento, una, dos tres, cincuenta, cien, ciento diez... Ahora baja otra vez, se posa en una roca cerca de mí y me mira con sus ojos verdes llenos de curiosidad, raros ojos para un cuervo. Espero a que pase algo, yo le miro, él me mira, pero nada cambia. Al final me animo a acercarme a él, poco a poco voy abandonando la roca donde estaba sentada, y me doy cuenta de que aquí solo hay eso, rocas, rocas hasta donde alcanza la vista, rocas rocas grandes y rocas pequeñas. No me había dado cuenta hasta ahora del paisaje que me rodeaba, absorta en el azul del cielo y su mancha negra, pero me da igual, ahora solo quiero acercarme al cuervo. Él solo me mira desde otra roca parecida a la mía, a unos veinte pasos desde donde estaba, pero una fuerza singular me atrae hace él. Dejando atrás toda física, mis pies se mueven solos hacia él, y se paran misteriosamente a unos dos pasos de su roca. Nos miramos, sonreímos, se que está sonriendo, cualquier persona diría que los cuervos no sonríen, pero yo sé que este no es como los otros cuervos, este es especial, tiene algo que me resulta familiar.
Me sumerjo en sus ojos verdes y él alza el vuelo. Puedo sentir lo que piensa, lo que hace, ya no estoy tocando el suelo, ahora vuelo con él, ahora sé quien soy, ahora sé que somos uno. Solo vuelo, vuelo contigo, vuelo conmigo, vuelo con el cuervo, con mi cuervo. Igual que con las bajadas y subidas del cuervo antes, tampoco sé cuanto tiempo estuve volando, segundos, minutos, horas, días... pero de repente todo cambió, ya no estaba surcando el cielo, ya no había rocas en el firmamento, en su lugar ahora estaban unas cuentas camisetas y unos cuantos pantalones sobre un suelo de madera en vez de tierra, un cielo blanco de yeso y pintura en vez de el azul de un gran firmamento limpio. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hago en mi cuarto? ¿Dónde están las rocas y el cuervo? No me gusta esta sensación, es como si me acabaran de arrebatar algo muy preciado, algo que nunca volveré a sentir. Cierro los ojos e intento recordar una y otra vez esa sensación con la esperanza de no olvidarla nunca, pero cada vez es más débil. Desisto, creo que voy a dejar de intentarlo. ¿Qué hora es? ¿Qué se supone que tenía que hacer yo hoy? Busco algún reloj, pero no veo ninguno. Me asomo a la ventana a ver si puedo guiarme por la luz de sol y allí está, recortándose sobre el cielo azul de una tarde clara, mi cuervo negro de ojos verdes. Sonrió para mi misma, ya nada volverá a ser igual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario